Desde las fronteras de la precariedad

 

Esta región en Colombia inevitablemente me recuerda el Chocó (la Serranía del Baudó, donde hice mi primer trabajo de campo como estudiante), mi paso de unos años por el Southern Africa, la vida en la Cape Town de Gugulethu y Grassy Park, y las conversaciones con mis amigos refugiados del genocidio en Ruanda con quienes vivía en un pueblito cerca a la imperial Viena. Me recuerda la Maison d’Esclaves en Dakar, la inexplicable nostalgia que siento por el Congo y por Angola (lugares donde nunca he estado físicamente pero que he leído y oído a través de otros), y claro, La Habana, siempre presente con su ausencia. Siempre llego a esta misma idea: ¿cómo se puede retornar a aquellos lugares donde nunca se ha estado, pero que se conocen íntimamente? Todos estos lugares están interconectados en el tiempo: descendientes de esclavos, todos herederos del tráfico de cuerpos, llenos de historias de destitución que cohabitan con grandes sagas de resistencia y sobrevivencia. Mar turbio, el Pacífico, potente, e intransigente.

 

Hace un tiempo asistimos a la presentación de una obra de teatro organizada por grupos de jóvenes de las barriadas de Buenaventura. Era en el marco de un encuentro de organizaciones de desplazados provenientes de las zonas rurales. Querían discutir el impacto del proceso de negociación de la Habana en esa región. Yo a la vez aproveché también para visitar de nuevo el Espacio Humanitario en Buenaventura, Puerto Nayero[1], donde había estado en varias ocasiones. La obra me conmovió profundamente. Los veía en medio de la oscuridad deslizando sus historias esa noche. Era como una especie de testimonio colectivo, puesto en escena, realizado con su cuerpo, en su cuerpo. ¿Quién ha dicho que el testimonio es solamente esa articulación de la experiencia que se realiza oralmente? Aquí la marimba se entretejía con su cadencia nostálgica y con las voces de esas mujeres que arrastraban los alabaos desde el mismo Chocó[2]. Elogio a la supervivencia y la creatividad de la vida.

 

Como siempre, me encontré, de nuevo, con historias pequeñas de grandes heroísmos, de mujeres que le han puesto el pecho a la violencia. Fue escalofriante escucharlos: la crítica constante al “modelo de desarrollo” se realizaba desde su experiencia vital (con la profundidad personal e histórica que eso implica para un hombre o una mujer afro) pero con superficialidad repetitiva, aunque claramente disonante del discurso oficial de la “construcción de paz” y sus filiales académicas: las mismas que jamás dejan las oficinas de las universidades y presumen que el trabajo de campo se asimila a una forma de turismo humanitario. Fue escalofriante porque la paz parecía otro planeta. Fue escalofriante por la vulnerabilidad de esta gente ante el argumento estatal en el que el desarrollo se concebía como consecuencia sine qua non de la paz (lo que eso quiera decir). Los proyectos de desarrollo y sus efectos conformaban el precio que se debía pagar por la paz. Y efectivamente, allá están las empresas disfrutando de las mieles. Y en la mitad, estas personas habitando lugares en los que no deberían estar, “obstaculizando” el porvenir. Cuantas veces no he escuchado a la Colombia mestiza, la misma que detenían en los aeropuertos del mundo por traficantes, decir que los mundos indígena y negro eran obstáculos para el desarrollo.

 

Esta zona de Colombia es la intersección de múltiples violencias: la del conflicto armado que después de décadas del desplazamiento de cientos de familias se le suma la indiferencia estatal militarizada y la miseria que transmuta desde los tiempos de la colonia, la de los acumuladores de riqueza crónicos, politiqueros corruptos, taladores de bosques (legales e ilegales) y traficantes de todos los pelambres (legales e ilegales): de niños y jóvenes, de cuerpos de mujeres que de Panamá a Chile[3] son vistas como reminiscencias de las Venus extraídas del África en el siglo XIX, como Sara Bartmann, destinadas a ser vistas como “putas” o parte de freak shows ambulantes. Traficantes de objetos, de armas, de sustancias, de animales, de plantas (es más, de la selva tropical húmeda en su totalidad), de ideas, de patentes, de influencias y hasta de sueños: todo polizón es un soñador secuestrado por su sueño. En ese momento evidencié lo que llamaría la violencia de la post-violencia, la del llamado “desarrollo”, que viene acompañada de una larga historia de desapariciones forzadas, donde los ríos y las costas mismas son grades fosas comunes, cementerios acuáticos de restos sin nombre. La violencia que la transición hace invisible y que las legislaciones en la era de las víctimas considera superada. Los chicos que vi me recordaron ese palimpsesto que es el daño. A mi modo de ver, la Costa Pacífica es el laboratorio de la llamada transición colombiana: la que se vende rimbombante en camino “hacia un nuevo futuro”, la del polo de desarrollo hotelero y turístico (no obstante sus contaminadas aguas), la de la “biodiversidad” (raponeada), la de la “diversidad cultural” (abandonada), la de la globalización contemporánea. Para estas organizaciones, la promesa transicional no es una ruptura con la violencia, es más bien una continuidad histórica.

En medio de todo esto, emerge hace unos pocos años una Zona Humanitaria, construida poco a poco por desplazados que salieron de Puerto Naya en Nariño, un lugar lastimosamente conocido por una masacre. El lugar así mismo constituía un territorio “rescatado al mar” a punta de rellenos de rocas, escombros y basuras, una pequeña extensión del continente que engulló el mar para recrear una extensión de las “territorios colectivos” afrocolombianos reconocidos por la Ley 70 y de donde muchos habitantes provenían. Puerto Nayero representa la venida del monte a la ciudad, a una costa ahora en disputa con constructores y sus proyectos hoteleros. El sector se extiende por una sola calle, rodeada de secciones llenas de pequeñas moradas en madera y levantadas a la manera de palafitos, una construcción tradicional en zonas acuíferas. No hay sistemas sanitarios ni aguas potables y la insalubridad es rampante. Un amigo Camerunés, me contó (quizás exagerando para mostrar su asombro), que cuando paso por Buenaventura, había pensado que ni en el África había visto semejante destitución. Claro, excepto los países en guerra como el Congo o Liberia o algunos shanty towns o tugurios en Lagos o Johannesburgo. Exageraba. Puerto Nayero esta rodeado de barrios atestados de grupos armados: neo-paramilitares, micro-traficantes de droga, mercenarios o sicarios, fronteras imaginarias entre combos o agrupaciones de pandillas y grupos configurando una verdadera cartografía del miedo. Algunos hasta dicen que las maras salvatruchas han estado entrando con dificultad. Jóvenes deambulando por todas partes, chicos sin otro destino que las economías ilegales.

En este mundo, las historias de horror se multiplican: el océano pacífico, turbulento y oscuro, es una gran fosa común, donde las gentes se amarraban muertas y vivas en travesaños enterrados en el piso del mar, durante marea baja, para que luego la subida los hundiera en el olvido. Sabemos del impacto en la identificación de cuerpos podridos en el agua.

En medio del proceso de La Habana, se dio una racha de violencia sobre las gentes que vivían en esas costas. La indiferencia del Estado en todo eso fue total hasta el extremo. Al final, la respuesta institucional ante la presión social fue la militarización de la ciudad, y en particular algunos sectores. La estabilización de esa zona del país es indispensable para el Presidente, quien había basado su política económica en las industrias de extracción y en las agriculturas industrializadas, y por supuesto la colonización de las zonas antes dominadas por las FARC-EP. Era inevitable para mi no conectar eso con la expoliación europea del África a finales del Siglo XIX, y por supuesto imaginar una conexión costera con México o América Central y los grandes cinturones de Maquilas. Por eso existe, en este escenario de transición, una terrible contradicción entre el proyecto económico y la “financiación de la paz” (lo que eso quiera decir). Estamos sembrando la semilla de viejas nuevas guerras. La necesidad de vender la región, de mostrar a través de videos propagandísticos que “Colombia, Magia Salvaje” esta “open for business”, en la Amazonía, la Serranía de la Macarena, en la misma región del Chocó, o en el Guainía. Lo último que se necesitaba era hacer público que había regiones que podían poner en peligro la llamada “confianza inversionista”.[4]

 

En este contexto, fue el terror el que se convirtió en el principio rector de orden social. Es el terror como forma de organización. Cuando hablo de terror hablo de la colonización de la vida cotidiana por la incertidumbre y la muerte administrada incluso aleatoriamente, de la fractura de las “estructuras del mundo de la vida”, de sus corporalidades, espacialidades y formas de enunciación. El mundo se convierte esencialmente en alteridad radical. El discurso de la transición es, no una forma de gobierno codificado en los términos “justicia, verdad y la reparación”, sino una administración de la frontera entre la vida y la muerte, una forma de “gubernamentalidad”, centrada en la desprotección estructural (mi término) e indiferencia estratégica (Mbembe, 2011). Fue en el seno de la instauración de un “escenario transicional”, como lo definiré más adelante, a través del cual el terror, por indiferencia, se incrustó en esas vidas de nuevo.

La figura más macabra de ese terror transicional (que es distinto al terror de la violencia política), de su banalidad y de su gratuidad aparente (en sí misma una forma de mensaje, de contenido densificando en la forma) es la casa de pique. Había recolectado historias de estas “casas” en alguna otra ocasión, en la Zona Humanitaria, precisamente. Esta Zona lleva su nombre porque, centímetro a centímetro, fue rescatada de los violentos, sacando a todos de sus alrededores. Una especie de circunspección espacial, un cerramiento zonal, con la entrada a un lado demarcando el acceso con una gran puerta vigilada 24 horas por un policía adormilado y el mar en el extremo opuesto. Junto con algunas organizaciones que acompañaron los primeros momentos de proceso, en el periodo de dos años lograron establecer esta isla en medio de un archipiélago de desesperanza. En este lugar, no obstante las enormes limitaciones, los niños corretean de arriba a abajo, fuera del control y la vigilancia de las pandillas que presionan y amenazan todos los días. Recuerdo cuando Oscar, uno de sus lideres, me cuenta que tenía encima más de 26 amenazas de muerte.

El evento centrípeto que, como un hueco negro, dio origen a este experimento humanitario fue precisamente una casa de pique (porque ha habido muchas). Se le llaman así porque eran lugares donde se descuartizaban en la noche o se picaban las personas (como cuando se “pica” un tomate o una cebolla en trozos pequeños antes de cocinarlos) y cuyos restos, a veces ahí mismo desde el palafito, eran botados al mar. “Mataderos”, “botaderos”, “escombreras” o “asustaderos” (el término es mío), cuerpos violentados en medio de la transición, en medio de la instauración de mecanismos de “post-violencia”: esa era la cara más evidente de la violencia de la post-violencia[5]. No voy a negarlo: ninguno de estos eventos capturaba seriamente la imaginación antropológica (ni de las ciencias sociales). Todo lo contrario. Si hay una disciplina particularmente ausente de las decisiones nacionales, de los debates sobre el porvenir, era y sigue siendo la antropología.

Podría sumar los fragmentos de entrevistas, diálogos y conversaciones que tuvimos con diferentes personas allá durante los últimos años. Pero quizás el momento más iluminador que conecta las geopolíticas de la expropiación (es decir, la rapiña global de tierras) y las micro-políticas de la muerte fue la percepción de la casa de pique misma. En ese viaje mi intensión, entre otras, era realizar una serie de grabaciones en audio del lugar, parte de un esfuerzo creativo (por ponerle un nombre a esa necesidad de convergencia entre las artes de la supervivencia, las ciencias sociales, y la denuncia) de leer la violencia y sus rastros desde lo sonoro, una especie de historia y etnografía sonora de la guerra y la memoria, con miras además a una casa de la cultura que queríamos ayudar a construir en un lote-basurero. Al final, los tiempos de la muerte y la pobreza, aunado aun robe de entrevistas, lo truncan todo o lo hacen aplazar. Esto hacía parte también de un estudio que continuo realizando sobre la figura del desaparecido en medio de una transición. A ese seguimiento, a esta erupción analítica de las dimensiones sociales de ausencia le he llamado “la vida social de la búsqueda”.

Saqué esa tarde la grabadora. Llovía mucho, muchísimo, como suele llover en una de las zonas de mayor pluviosidad del mundo: 22 mil milímetros de agua al año. Mientras mi colega hablaba con doña Lidia, yo me encargué de escuchar las gotas cayendo sobre la tierra y la fiereza de ese invierno sobre los tejados de zinc. Pegado al micrófono y a unos pequeños audífonos, mi oído pendulaba entre la lluvia y la conversación sobre Puente Nayero. Me moví unos metros y ante la casa de pique no pude más que imaginar lo que serían los sonidos de la muerte, pero no de cualquier muerte. No era precisamente el sonido de la última bocanada de aire antes de dejar este mundo. Pensé, de nuevo, en esa dimensión sonora del horror. Si hay una intuición que emergió durante mi trabajo de campo en los asentamientos de desplazados en los años 90, fue la dimensión sensorial de ese horror. Escuché decenas de historias y testimonios con gritos, risas, palabras, pájaros, vientos, tarareos de balas, gemidos animales, expresiones de sentimientos y onomatopeyas orales. Las entrevistas son textualizaciones del fenómeno sónico. También son textualizaciones del fenómeno táctil o háptico. Recuerdo oyendo (en medio de la Cartagena paramilitar de aquella época) sensaciones de calor, de frio, de miedo hecho vómito y heces, que avasallaban el cuerpo de Don Jorge sobre el piso mientras (haciéndose el muerto) los verdugos en plena plaza pública asesinaban a sus vecinos y su sangre tibia corría por su brazo. Pensé, de manera irresponsable, cuales serían los sonidos de la casa (ambos, el lugar de la muerte y el lugar de la familia), cuáles los gritos en ese lugar de cambuches de madera donde la filtración del sonido era inevitable y hasta amplificable. Una espacie de morbosidad sacrílega capturó mi imaginación. Estaba en ese espacio microscópico habitando los tiempos de la reconciliación a la vez que caminando entre los lugares de la violencia de la post-violencia. La pregunta que me queda es ¿dónde trazamos la línea entre el pasado, el presente liminal, y el futuro por venir? Que distinta se lee o se advierte esta línea imaginaria desde diferentes lugares. En el Pacífico, pareciera que la transición fuera simplemente otro capítulo más de terrores ancestrales.

[1] Buenaventura (Departamento del Valle del Cauca) es el puerto marítimo más grande de Colombia, localizado en el Océano Pacífico. A través de él pasa la mayoría de las importaciones marítimas del país. Una región de selva tropical húmeda y biológica que atesora kilómetros de bosques, maderas finas y minerales estratégicos. Territorios colectivos de comunidades negras y resguardos indígenas. Históricamente, región de esclavos liberados, y ciudadanos excluidos.

[2] Departamento de Colombia, capital Quibdó. “Alabaos” hace referencia a la música y coros populares de la región cantados durante novenarios y velorios: https://www.youtube.com/watch?v=NX49kxCYG6M, https://www.youtube.com/watch?v=uenxrgg1BPM

[3] Esta referencia se la debo a mi colega Margarita Echeverri.

[4] Colombia, Magia Salvaje: https://www.youtube.com/watch?v=YfFe1H7On0Q

[5] Unos meses después estaría recorriendo esa montaña de cuerpos (haciendo una paráfrasis de Walter Benjamin) conocida como La Escombrera, en Medellín. Otro “botadero” de las violencias entre bandas de criminales, paramilitares, y agentes del Estado.

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