Las Voces De Un Río Que Se Niega A Morir

Navegando el río Atrato en el pacífico Colombiano¹

Escrito por Alex Sierra

Rio Atrato – Foto: Alex Sierra R.

Hace 20 años navegué por primera vez el río Atrato en el pacífico Colombia. En ese entonces como ahora, era una frontera en una parte de su recorrido entre los departamentos de Antioquia y Chocó, pero también era la frontera del control que ejercían de un lado las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – FARC y los grupos paramilitares que desde Antioquia y el golfo de Urabá, querían controlar la región al mando de su cruento líder regional Freddy Rendón Herrera, alias “El Alemán”.

Viajar por el Atrato siempre ha sido un riesgo, pero recuerdo de manera especial que a lo largo de 100 kilómetros desde Quibdó (capital del departamento del Chocó) hacia Bojayá, era posible contar aún muchos árboles de más de 50 metros de altura y al menos 2 de diámetro. Eran gigantes en medio de las orillas del Atrato que sobresalían por su especial belleza y altura, algunos de ellos eran conocidos como Choibá, almendro, o “palo de piedra” por su especial dureza.

Estos gigantes aunque pocos para esa época, no resultaban atractivos para la fabricación de casas o canoas de habitantes tradicionales del Atrato justamente por la dificultad para trabajar su madera. Eran muy apetecidos para los “gringos” decían, pues los enormes troncos navegaban por el río camino al mar de donde eran embarcados para los Estados Unidos y Europa. Recuerdo ver un tramo del Atrato lleno de cadáveres de madera, que ejemplificaban de una cruel forma todas las violencias que en ese entonces padecían las poblaciones rivereñas.

En 2018 y luego de varias visitas al Chocó en estos años, recorrimos nuevamente el río Atrato desde Quibdó hasta Bojayá, con el valioso apoyo de Joe Espinosa, un joven que hizo parte del proyecto Legión del Afecto, que permitió a cientos de jóvenes de Colombia transitar el país y conociendo su historia de manera directa haciendo uso de las artes, la música y la cultura como poderoso instrumento para involucrar a los llamados jóvenes del “no futuro”, esos a quien nadie quiere, y a nadie importan, que hoy lideran diversas iniciativas en el país. En muchos de nuestros encuentros estuvieron presentes “Legionarios”, que siguen haciendo paz en cotidiano, desde sus barrios y veredas a pequeña escala. La legión del afecto ya no existe y su posible reactivación es incierta.

Cabe recordar que en 2016 se firmó un acuerdo de paz entre las FARC y el gobierno Colombiano y por esa razón hoy el viaje por el río se hace más tranquilo y la tensión es menor, pero el fantasma de la guerra aún existe por la presencia de la guerrilla del llamado Ejército de Liberación Nacional y los grupos paramilitares hoy llamadas Autodefensas “Gaitanistas” o “Águilas Negras” que como un sino trágico, recrean las mismas historias de disputas, saqueos y violencias. Ya no hay más gigantes en las orillas del río. Son apenas una historia.

 

Quibdó

Arribamos desde Bogotá, en un vuelo de aproximadamente una hora hasta Quibdó (capital del departamento del Chocó), los boletos aéreos son costosos, comparativamente puede resultar 5 veces más caros que viajar el doble de distancia a cualquier ciudad del Caribe colombiano. El viaje por tierra desde el centro del país toma cerca de 15 horas en una carretera en un relativo buen estado las primeras 7 horas hasta la ciudad de Pereira (Risaralda). Desde el llamado eje cafetero hacia Quibdó, la carretera siempre ha sido una travesía, sinuosa, sin pavimento y que muestra la ambivalencia de la riqueza natural del pacífico y el olvido Estatal. Esta es solo una de las demandas de múltiples paros cívicos promovidos por los pobladores del Chocó, el último de ellos en el pasado año 2017, en medio de la paz.

Nuestra visita a Quibdó fue intensa, de muchos diálogos con diversas organizaciones y jóvenes que desde las arte, las músicas y las culturas, todas en el gran plural de manifestaciones que tiene Colombia, dan el siguiente paso luego de muchas experiencias difíciles propias de la guerra. Fuimos anfitrionados por la rectoría de la Universidad Claretiana en su centro “cultural Mama U”, que es un espacio donde jóvenes de diversas zonas de Quibdó se encuentran en torno a la música, el teatro y la danza. Nos reunimos luego con diversas organizaciones de jóvenes que desde hace varios años trabajan en Quibdó en muchos barrios.

Una de esas organizaciones recrea mediante el teatro la masacre de Bojayá, y ello les ha valido un importante reconocimiento y viajes por algunas regiones del país. En nuestra conversación luego reconocieron que hace tan solo unos meses estuvieron por primera vez en Bojayá, y que su versión de lo ocurrido la han construido a través de fuentes secundarias y de testimonios de antiguos pobladores del pueblo.

Mientras transitábamos por Quibdó vimos el efecto de las pasadas campañas electorales, muchas personas tenían puestas las camisetas de cuatro candidatos distintos. En medio de una gran polarización política y por los días de elecciones estar “alineados” con uno u otro candidato genera claras tensiones, pero en Quibdó como en Colombia, pasadas las elecciones las camisetas son una prenda de vestir más o una ropa de trabajo que recuerda lo poco que dejan los políticos.

De tantos e interesantes encuentros que tuvimos en Quibdó, cabe destacar el dialogo con Yonier Palacios, un joven músico y productor que nos recibió en un pequeñísimo estudio de grabación. Nuestra reunión pasó luego a un cuarto aún más chico, donde estábamos más de 15 personas. Ese ínfimo espacio destinado al encuentro de músicos que desean grabar sus composiciones, estaba en un edificio de varios pisos llamado “Casa de la Juventud”. Nos reunimos justo al lado de un enorme auditorio –vacío por cierto– donde estaban algunos funcionarios públicos a juzgar por sus acostumbradas camisas blancas con logotipos institucionales bordados. Pensé que ese mismo espacio tan pequeño destinado a la cultura, tal vez era proporcional a la importancia que le confiere la administración a los jóvenes y la fuerza transformadora de las artes.

Yonier Palacios en su estudio de grabación – Foto: Alex Sierra J.

Yonier es un desplazado de Tagachí en el Chocó la violencia que hizo famosa una canción de su autoría a ritmo de Chirimía que describe el drama y la estigmatización del desarraigo violento, y que lleva por título: de mi tierra no me quiero ir:

“Hablé con mi padre llorando decía:
Que él en el campo aunque pescao boliao [en exceso] comía
Y ahora en la ciudad pasa penitencia,
La gente lo mira como una triste telera [piso de una barca que evita lavarse los pies],
Y si va por la calle le dicen: “allá va el desplazao”,
Y él no es culpable de todo lo que ha pasao,
Si amor y su vida al campo se lo ha dedicao,
Si amor y su vida al campo se lo ha dedicao.
[…]
Y de mi tierra no me quiero ir”

 

Visitando “El futuro”.

Continuando con nuestra visita fuimos a los barrios del norte de la ciudad donde los taxistas no quieren entrar por la presencia de grupos delincuenciales, y valga la pena decirlo, por la estigmatización que viven sus habitantes. Aún medio de la pobreza y la exclusión siempre hay castas y parias.

No podía resultar más paradójico pero cierto, el nombre de un barrio llamado “El Futuro”, que no tiene agua potable, espacios deportivos o vías pavimentadas. Al llegar noes esperaban unos 20 jóvenes entre los 6 y 20 años en un bar que les habían prestado para recibirnos, bailaban al ritmo de una contagiosa música, aunque teníamos una cita no era un encuentro protocolario: ¡Nos habían invitado a verlos bailar!

Al frente de tanta fiesta está un joven de unos 25 años llamado John Humber quien se hace llamar “El Versatil”, nos quiso compartir su gusto por el Hip Hop, y escuchamos una canción con frases dulces de amor hacia la madre. Luego supimos que él mismo no tiene contacto con su madre, a quien culpa de haberlos abandonado cuando su padre enfermó antes de morir.

Hace 9 años John hizo del baile su vida, llegó desplazado a Quibdó. Bailar lo hizo visible en un gran anonimato de miles de jóvenes, pero también intocable porque bailar es un “Don” en medio de la violencia. Los niños pronto quisieron bailar como él, y de manera improvisada terminó haciendo de la esquina una escuela de baile. “Bailar es una forma de pasar el tiempo, y no pensar en cosas malas”, dice.

John Humber ‘El Versatil’ – Foto: Alex Sierra J.

En medio de la reunión y como si estuviera presa de una angustiosa situación se abrió paso un hombre delgado, de unos 40 años que pidió hablar con nosotros. En el Chocó ser mestizo y con apariencia de turista en un barrio popular suele ser leído como la presencia de donantes, funcionarios públicos u ONGs de toda la gama de colores y chalecos. Nos contaron que a eso le decían jocosamente la “feria de los chalecos”.

Luis Eduardo, así se llamaba el hombre, nos contó que era entrenador de un grupo de niños y que ellos mismos, en un terreno no muy lejano, habían construido una cancha de futbol con sus propias manos. Pidió con insistencia que no podíamos irnos hasta no conocer su “escuela de futbol”, se le aguaron los ojos casi suplicando nuestra presencia. Al terminar nuestro encuentro con los jóvenes que bailaban, un niño nos abordó diciendo que “el profe” nos esperaba, y entendimos que él sería nuestro guía hasta la cancha de futbol ubicada a casi un kilómetro de allí.

Entrenamiento de Futbol barrio El Futuro – Foto: Alex Sierra J.

Al llegar nos encontramos con un espacio en medio de la nada, era evidente que se habían talado árboles, y despejado plantas para hacer una cancha de fútbol con una arena gris (no tenía grama). Los arcos eran improvisados cañas de guadua. En ese lugar estaban unos 50 niños y jóvenes corriendo, calentando y haciendo calentamiento deportivo. Corrían ante la voz de mando de ese hombre que minutos antes se humillaba creyendo que podíamos ayudar su escuela de alguna forma. Durante el tiempo que estuvimos con el grupo de deportistas, nunca vimos un solo balón. El heroísmo en Colombia se usa como un cliché de los guerreros y es el lema del ejército, pero claramente “el profe” es un héroe con un arma poderosa: el fútbol.

 

El Río Atrato y la búsqueda de gigantes.

Viajar a cualquier población del Atrato colombiano implica una única alternativa: el río. En el Malecón que desde Quibdó lleva a Bojayá se dan cita desde muy tempranas horas decenas de personas que van hacia diferentes poblaciones, a las barcas con motores y carpas para impedir resultar quedamos por el sol les llaman “pangas”, pero son un lujo para el común de los habitantes que se desplazan en barcas largas, lentas y con sombrillas en sus manos de diversos colores. Un ticket en panga por el río Atrato tiene el mismo valor que un viaje por tierra de más de 400 kilómetros en Colombia.

Nuestro viaje era de tan solo 3.5 horas por el río, pues hay trayectos que demandan hasta 10 horas para llegar hasta el norte de Colombia en la desembocadura del río Atrato en el golfo de Urabá. Hace algún tiempo, eran frecuentes las embarcaciones con ametralladoras de la Armada Nacional que hacían retenes para revisar documentos de los viajeros, también las FARC y los mismos paramilitares hacían sus propios retenes. En esta oportunidad solo encontramos una embarcación de la armada a nuestro retorno.

En cada panga viajan cerca de La panga al encender sus poderosos motores hace imposible hablar sin tener que gritar, y el vaivén de su movimiento mientras rompe las olas se hace monótono con el paso de los minutos, unas horas más tarde y fruto del cansancio, pese a todos mis pronósticos era posible ver gente dormida.

El Atrato es un río imponente, que dependiendo de su sinuosa trayectoria puede tener hasta 1 kilómetro de cause entre sus dos orillas. Recordaba de mi último viaje una mayor presencia de basura, plásticos y cuantas cosas son tiradas a sus aguas. Me decían que las comunidades han venido trabajando para reducir el nivel de basuras que se arrojan a las aguas, y tal vez fuera eso o el volumen de lluvias de los días anteriores, el río estaba especialmente majestuoso.

Las diferentes poblaciones que de lado y lado del río se van visitando, tienen una disposición similar de casas en madera elevadas para manejar las inundaciones en temporadas de lluvia, desde cada casa en paralelo al río se despiertan y se acuestan viendo hacia el río, es posible ver quienes van y vienen en una cotidianidad anfibia y de cara al principal medio de subsistencia. Las barcas para la pesca artesanal están casi en cada casa ribereña y en muchas oportunidades vimos niños jugando solos de menos de dos años entre las aguas calmas aunque desafiantes del río. La super-vivencia es un arte que se lleva en la sangre o se aprende en los primeros días en el Atrato.

Un árbol de Choibá aún en pie en el río Atrato – Foto: Alex Sierra J.

Pese a que decidí contar cuántos de esos árboles gigantes me iba a topar por el camino por el río, la verdad es que tal vez conté cinco, nunca con la misma majestuosidad que recuerdo de hace 20 años. En el Atrato los gigantes se fueron, y su deforestación es solo cuestión de tiempo.

 

Bella Vista.

Desde finales de los años 90, la incómoda presencia de las FARC en el Atrato generó la presencia de grupos paramilitares con complicidad de las fuerzas militares colombianas para “erradicar” de la zona a la insurgencia. Alias el Alemán tuvo la tarea desde los paramilitares de avanzar en el camino de retomar el Atrato y el 2 de mayo de 2002, en medio de cruentos combates entre las FARC y los paramilitares, los angustiados pobladores de Bojayá se resguardaron en la iglesia del pueblo. A espalda de la iglesia, según relatos de los sobrevivientes, los paramilitares se ocultaron y apostaron una ametralladora para impedir el ingreso de la guerrilla por el río. La guerrilla por su parte lanzó un improvisado torpedo que cayó sobre la iglesia, matando a más de 119 civiles. Este hecho es uno de los más documentados en la violencia reciente de Colombia.

La población de Bojayá fue reubicada con la construcción de un nuevo pueblo un par de kilómetros hacia el sur por parte del gobierno Colombiano, las casas a diferencia de otras poblaciones de todo el pacífico son hechas de ladrillo, sus calles son pavimentadas, pero siguen usando una planta eléctrica que provee la luz de la población. Otra paradoja es que la inversión pública en Colombia llega cuando el reflector es una masacre y una bomba en una iglesia.

A nuestro arribo tuvimos la sensación de estar en un pueblo fantasma, las personas que vimos en las calles y espacios eran pocas ante el número de casas que además estaban cerradas con llave. Luego nos dijeron que Bella Vista (así se llama la población reubicada), es hoy un sitio para pasar temporada de diciembre pues muchos de sus antiguos pobladores viven hoy en la capital Quibdó.

Casi de inmediato fuimos abordados por Arnobio, un hombre mayor que resultó ser uno de los sepultureros del pueblo y quien presenció los hechos del 2 de mayo de 2002, quien luego nos acompañaría a visitar el antiguo Bojayá. Este hombre nos confundió con una misión de la Fiscalía General de Colombia, quienes exhumaron las víctimas del cementerio para su reconocimiento forense hace ya unos años, y aún los habitantes esperan que sus familiares les sean entregados para poder sepultarlos.

Entrevista con Domingo Valencia en Bella Vista – Foto: Alex Sierra J.

Visitamos a otro de los sepultureros y quien fue la persona que recogió los cuerpos de las personas asesinadas en el 2002, se trata de Domingo Valencia, quien al mismo tiempo es el sepulturero, cantante y curandero. Sostuvimos una larga charla con este hombre de voz gruesa, manos recias y minuciosos detalles en su descripción de historias.

Entrevista con Domingo Valencia en Bella Vista.pngEntrevista con Domingo Valencia en Bella Vista 2 – Foto: Alex Sierra J.

 

Los fantasmas de Bojayá.

Desde Bella Vista retomamos el río para ir hasta Bojayá, el antiguo poblado que fuera centro de los combates entre guerrillas y paramilitares. Se trata de edificios en ruinas y consumidos por la maleza en medio de un silencio que solo rompen los sonidos de aves y animales de la selva. Caminando por las ruinas es perfectamente posible recrear toda la descripción de espacios que antes nos habían documentado algunos pobladores, y que nuevamente nos recreaban los testigos que nos acompañaron.

La memoria se mantiene viva para quienes presenciaron los hechos y hacen las veces de guías necrológicos, porque pareciera que a fuerza de cientos de veces de contar las mismas historias para comisiones humanitarias, instancias judiciales y visitas internacionales, casi existe un acto ceremonial de cómo y qué decir, cómo moverse, cuando pausar y cuando hacer silencio. Se trata de una teatralidad que al mismo tiempo evoca el horror de la guerra, y el uso instrumental de las víctimas, incluso por nosotros mismos, aunque nuestro propósito era otro. Resulta difícil salir de la protuberancia de la masacre, del dolor y la evocación de los hechos por parte de quienes se atribuyen ser los líderes de las víctimas, los testigos de lo innombrable y los herederos de la memoria.

 

Los jóvenes de Bojayá.

Gracias al párroco de Bella Vista (Bojayá) nos fue posible sostener una reunión con un grupo de jóvenes de Bella Vista donde nos encontramos que mientras existe un faceta “turística” de la memoria colectiva que recurre a la masacre, para los jóvenes no es muy claro qué pasó, pues claramente se trata de recuerdos muy dolorosos para sus propias familias y el duelo se mantiene.

El teatro, la música y la danza hacen parte del trabajo que realizan los jóvenes en Bojayá. Varios de ellos hacen parte de espacios formales de movimientos de víctimas, pero no les resultaba claro qué podía diferenciarlos ante otros espacios de organización vecinal.

No dejé de pensar que pese a que Bojayá ha sido el centro de decenas de programas, cooperación internacional y proyectos de cooperación internacional, el efecto sobre sus pobladores es de cierta apatía ante cualquier dialogo, conozco hace varios años a algunas personas que claramente saben que son más que una historia de dolor, y que su fuerza está en la capacidad de comunicar desde su cuerpo, su música y cultura. El mismo Domingo es muestra de ello, pues pese a su elocuencia, sus líricas son ricas en una descripción emotiva que no tienen en el mismo nivel sus historias.

 

Rosita tejiendo su alma.

Buscar un hotel rompe con la posibilidad de dialogo con las personas y comunidades, así que buscamos pagar por nuestro hospedaje en una casa y afortunadamente Rosita, una sobreviviente de la masacre permitió que usáramos su casa.

Imágenes religiosas en casa de Rosita – Foto: Alex Sierra J.

Rosita es una mujer mayor, que en una pared guarda con fe santa varias imágenes religiosas incluido el “cristo de Bojayá” la imagen del cristo que resultó mutilado en 2002 y se convirtió en un emblema religioso de las víctimas y del pueblo mismo.

Rosita además es parte de un grupo de mujeres que hace uso del bordado como terapia, catarsis y punto de encuentro. Mientras estábamos en su casa apareció una mujer que dijo “Rosita, peo sí que está llena su casa de gente”. Rosita nos explicó que esta mujer está adoptada colectivamente por la comunidad, ella va de casa en casa, se baña y come entre sus vecinas.

Ella sufre problemas mentales –dijo Rosita– pero durante la masacre del dos de mayo pasó de ser cuidada a cuidadora, pues sacó mucha gente herida de la iglesia. Entendimos que inmediato que la solidaridad de la comunidad hacia esta mujer, es parte del agradecimiento hacia su espontaneo y heroico gesto.

 

La fiebre del oro

De vuelta, y culminado un intenso viaje. Desde el aeropuerto de Quibdó y a menos de 200 metros de la cabecera municipal, es posible documentar desde el aire el motivo de una nueva guerra en Colombia. El saqueo del oro que deforesta, contamina ríos y conciencias. Es imposible dejar de pensar que todas las visitas oficiales de las autoridades, ministros, presidentes, fiscales y jueces, pasa por ver desde sus ventanillas la misma tragedia. La misma sed de riqueza y saqueo que documenta todas nuestras violencias. Allí abajo el río, las criaturas del bosque y los árboles, seguirán inermes esperando quienes decidan parar tan cruel depredación.

Como dijera un antiguo texto parafraseando al jefe Seattle: “¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció. ¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció. Acá termina la vida y se inicia la supervivencia”.

Rio Atrato – Alex Sierra

¹Documento elaborado en el marco del proyecto Relatos de Futuro. Fotos: Alejandro Castillejo-Cuellar, Juanita Franky y Alex Sierra R.

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